DIOS QUIERE QUE SEAMOS FELICES

DIOS QUIERE QUE SEAMOS FELICES

    Dios nos ha creado para ser felices; al llamarnos a la vida nos llama también a la felicidad.

Pero,  ¿necesariamente tenemos que hablar de Dios?

¿Por qué hacerlo responsable de lo que somos o no somos?

¿Por qué culpar a Dios de nuestra felicidad o infelicidad?

-Efectivamente, no lo es.

Sería equivocado atribuir a Dios todo lo que nos sucede, como también es equivocado desconocer que,  querámoslo o no, Él se encuentra presente en nuestra vida  y en nuestra historia.

Muchas veces Dios es rechazado, otras injuriado; a veces maldecido y también condenado al olvido por aquellos que lo dejan abandonado en cualquier rincón del corazón.

Pero en la forma que sea, con amor o indiferencia, con rechazo o con odio, Dios se encuentra presente siempre. A Él nada puede afectarle, pero a nosotros sí nos define la actitud que tomamos ante Él. Muy distinta es la vida con Dios de una vida sin Dios.

La vida con Dios podríamos compararla a un día maravilloso, cuando está presente el sol. Entonces todo se ilumina, los campos, los edificios, la playa, al mar… todo se ve resplandeciente, el mar y el cielo toma un inmenso color azul y hasta los acontecimientos más insignificantes se disfrutan mejor.

La vida sin Dios es como el día sin sol. Todo es más gris, falta esa claridad que da belleza a las cosas y alegría a la vida. Con Dios encontramos siempre lo mejor de la vida. Él está continuamente ofreciéndonos su gracia, su amor y su salvación.

Pero podemos afirmar sin temor: “Lo que Dios más quiere es nuestra felicidad, nuestro bien, nuestra salvación”.

 JESÚS Y LA FELICIDAD

    ¿Jesús fue feliz? Nunca lo dijo. Pero habló de felicidad, construyó felicidad, repartió felicidad. Esto sí es un hecho. Está narrado a lo largo y ancho del Evangelio. Todos los que sufrían recibieron consuelo, los pobres la alegría  y los enfermos la salud.

El Evangelio es una buena noticia para todos. Si lo abrimos, si lo leemos detenidamente y con espíritu de acogida, es decir, abriendo el corazón a un mensaje dirigido especialmente a cada uno: “Jesús vino por mí, sus palabras las dirigió a mí, todo cuanto hizo fue por mí”, entonces todo toma un colorido diferente, entonces sí es posible encontrar la vena de la felicidad contenida en sus páginas.

Leer el Evangelio con curiosidad o con frialdad, con ánimo de encontrar allí respuestas prefabricadas, o soluciones científicas no resulta. No llegamos a descubrir nada de lo que verdaderamente encierra.

En el Evangelio encontramos la Palabra viva de Jesús. Allí se nos manifiesta Jesús como un portador de esperanza, comunicador de un gozo profundo e ilimitado. Él nos habló del Reino y nos habló del Cielo.

El Reino, ese privilegiado momento en que toda la creación se hará armonía y síntesis en el universo con el hombre. Tiempo y lugar en que la justicia desaparecerá y reinará Cristo en la paz.

El Cielo, otros de los temas  en que nos habla de esos momentos de dicha y felicidad que se puede lograr ya desde el presente, en esta tierra, y que se va haciendo, poco a poco, promesa y certeza de la vida eterna que le Señor ofreció a quien creyera en sus palabras.

Por eso el ser humano es insaciable, por que  lleva en su vida y en su ser, semillas de eternidad. Consciente o inconscientemente, anhela ese futuro desconocido. Las Palabras de Cristo encuentran eco también en aquellos que nunca han querido escucharlas.

La vida es más fuerte que la muerte misma, la vida no puede tener un final definitivo, la inmortalidad es condición misma de la vida. Así lo fue diciendo en varias formas Jesús, cuando hablaba a las mochedumbres o a sus discípulos

Jesús habló de felicidad y de alegría. Sería interminable mencionar los pasajes en que toca estos temas. Tendríamos que repasar el Evangelio completo; pero estudiar y analizar pasajes bellísimos no es tan provechoso como vivirlos.

Cada uno tiene que leer y meditar esas páginas con atención, buscarles el significado vital desde  una resonancia muy propia y encontrar desde ellas el mensaje que a cada uno quiere dar el Señor, y también al mismo Cristo que quiere hacerse presente allí.

 

 

 

 

 

 

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Una respuesta a “DIOS QUIERE QUE SEAMOS FELICES

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