Cuaresma… un camino que nos lleva al gozo

Por la hna. Julia Karina de la Paz

 

Este año es un tanto particular, ya que comenzamos la cuaresma y celebramos el día del amor y de la amistad el mismo día. Como era de esperar fueron muchos los chistes y bromas al respecto, ¿cómo celebraríamos los católicos dos fechas tan importantes como éstas? Suena un tanto complejo porque pareciera contraponerse fuertemente, de hecho cuando escuche que era un día de tristeza.

Cuando escuche esto, pensé que no podría vivir la cuaresma triste, puesto que ésta es un camino de conversión que va más allá, significa un cambio no solo moral y externo, sino basado en la alegría del encuentro con Jesús que nos hace cambiar en lo profundo, si hay un arrepentimiento es por el hecho de sentirnos amados y encontrarse con Jesús, porque si no parece que el seguimiento de Jesús es algo malo y doloroso.

¿Qué es la Cuaresma?

Pero antes de seguir es necesario definir lo que es la cuaresma y su importancia. La cuaresma es un medio privilegiado que nos propone la Iglesia como preparación a la celebración de la Pascua, es el sendero, el camino, pero no el objetivo, es sólo mediación, es sólo puente. No nos quedemos en el puente, que es sólo paso para llegar a la otra orilla.

En este tiempo a la luz de la Palabra nos hacemos consientes de dos grandes dimensiones, por una parte de todas las gracias y maravillas que Dios nos da y hace por nosotros, y por otra parte las veces que no hemos correspondido a su gran amor, alejándonos de Él, de ahí surge el arrepentimiento de nuestros pecados y la necesidad de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Dios.

La cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

La Iglesia nos invita a vivir la cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

Alegría de Dios

En el Evangelio de Lucas se nos narran las tres parábolas de la misericordia que ilustran de excelente manera el “gozo de la cuaresma”, el pasaje comienza diciendo: «Solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”. Entonces Jesús les dijo esta parábola…» (Lc 15, 1-2).

Es sabida la acogida que Jesús reserva a los pecadores en el Evangelio y la oposición por parte de los defensores de la ley. Y es más Jesús dice: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mc 2, 17). Sintiéndose por Él acogidos y no juzgados, los pecadores le escuchaban gustosamente.

Jesús no niega que exista el pecado y que existan los pecadores. El hecho de llamarles «enfermos» lo demuestra. A los pecadores que se acercan a Él, les dice: «Vete y no peques más»; no dice: «Vete y sigue como antes». Él conoce la fragilidad humana y nos invita a reconocer dicha fragilidad, pero también nos enseña que por encima de ésta esta el amor del Padre.

Hijo pródigo-Padre Misericordioso. Centrémonos un poco en esta parábola. Porque nuestro camino durante estos cuarentas días, es el mismo que realiza el hijo prodigo cuando decide volver a casa del Padre, no se trata de quedarse en el camino, si no de avanzar y llegar con su papá.

Todo, en esta historia, es sorprendente; nunca había sido descrito Dios a los hombres con estos rasgos. Toca los puntos más diversos: el arrepentimiento, la vergüenza, la nostalgia. En las etapas de la parábola podemos ver también momentos del camino del hombre en la relación con Dios, durante la Cuaresma. También podemos ver la fidelidad de Dios y, aunque nos alejemos y nos perdamos, no deja de seguirnos con su amor, perdonando nuestros errores y hablando interiormente a nuestra conciencia para volvernos a atraer hacia sí.

Hay un elemento común que une entre sí las tres parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo narradas una tras otra en el capítulo 15 de Lucas. ¿Qué dice el pastor que ha encontrado la oveja perdida y la mujer que ha encontrado su dracma? «¡Alegraos conmigo!». ¿Y qué dice Jesús como conclusión de cada una de las tres parábolas? «Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

En lo que coinciden las tres parábolas es la alegría de Dios. En el Evangelio, la alegría se desborda y se convierte en fiesta. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillo con el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: «Comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado».Tal vez alguno, al leer, decida dar por fin a Dios un poco de esta alegría, brindarle una sonrisa.

Así que vivir de manera verdadera y profunda el inicio de la cuaresma es celebrar el amor y la amistad en un sentido más pleno, es celebrar que somos muy amados por Alguien que nos da su amistad, nos busca, nos sana, nos perdona, se alegra por nuestro bien, que nos salva dando la vida por nosotros. Vivamos estos cuarenta días en acción de gracias de su amor, para vivamos la verdadera conversión a la que nos llama Jesús.

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