«Aquí estoy Señor». Vida de la Hna. Lucía Vázquez

VÁZQUEZ MARTÍNEZ Sor LUCÍA IRENE

Nacida en San Pedro (México) el 18 de octubre de 1938

La hermana Lucía se encontraba desde hace unos días en el Hospital a causa de una grave forma de pulmonía. De improviso su condición se agravó debido a un ataque cardíaco, que para ella fue el llamado definitivo. Como el pequeño Samuel que la liturgia nos hace contemplar, la hermana Lucía respondió prontamente con su «aquí estoy» de la fe y de la esperanza, un «aquí estoy” lleno de gratitud y de amor, así fue como el 11 de enero del 2012 dejo este mundo para ir a la Casa del Padre.

La recordamos como una hermana sencilla, buena, amante de la Virgen, como todo el pueblo mexicano, y capaz de una gran entrega apostólica.

Entró en la Congregación en la casa de México, el 29 de enero de 1955, año que Don Alberione quiso dedicar al Divino Maestro. Después de un breve tiempo de formación, fue transferida a la pequeña comunidad de Guadalajara, fundada poco tiempo antes, para visitar con los bolsones de la propaganda, fábricas, hospitales, mercados y otras colectividades. Al año siguiente, aún postulante, fue mandada a Puebla, con el encargo de la difusión y de las exposiciones bíblicas y marianas. En 1958 fue llamada de nuevo a la comunidad de México para vivir el año de noviciado, que concluyó, con la primera profesión, el 30 de junio de 1959, fiesta de San Pablo. Vivió su vida paulina entre el apostolado técnico y el de la difusión. De hecho, fue por muchos años encargada y coordinadora del sector encuadernación de la casa de México. Alternaba este valioso servicio con períodos más o menos largos de inserción en el apostolado directo, especialmente en las librerías y en la difusión en las familias, en las comunidades de Puebla, Ciudad Juárez, Tijuana y Monterrey. Amaba mucho a la Virgen de Guadalupe, la Virgencita, y para ella fue una gran alegría poder permanecer alrededor de tres años (desde el 2007 al 2010) a la sombra del Santuario mariano, en la cercana comunidad de México-Amatista. Desempeñaba el servicio a la comunidad y era feliz todas las veces que podía hacerse útil en la librería, visitada por muchos peregrinos, que iban a venerar a la «Guadalupana».

Desde hace dos años se encontraba en la comunidad de Puebla, donde trabajaba con alegría en la bella y frecuentada librería y donde podía prestar también su útil servicio como chofer y comisionista.

La visita del Señor llegó de modo imprevisto: el Maestro Divino se le acercó, la tomó de la mano y la atrajo a sí. El aquí estoy del día de su profesión, que había acompañado toda la vida de esta querida hermana, marcó también el día de su último y decisivo llamado: «Me has llamado, Señor, aquí estoy». Realmente, con la hermana Lucia, podemos exclamar hoy, «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero hiciste que te escuchara; no pides holocaustos ni víctimas. Entonces yo digo: “Aquí estoy”».

La vida de la hermana Lucía ha sido aquel terreno bueno que se ha dejado fecundar por la Palabra y ha dado frutos copiosos; un terreno donde la Palabra ha podido germinar y desplegar todas sus energías por la salvación de muchos

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