LA FELICIDAD DEL CORAZÓN

5 minutos de camino….. hacia la felicidad

LA FELICIDAD DEL CORAZÓN

Por María Belén Sánchez, fsp

Todos queremos ser felices, todos deseamos encontrar la felicidad al cruzar la calle, apoderarnos de ella y llevarla con nosotros a casa, o colgarla del cuello y hacerla nuestra eterna compañera. La buscamos siempre, la pensamos lejos y ¡está tan cerca!
-Dime dónde.
-Está en tu corazón.
-Muy fácil de encontrarla, pero muy difícil reconocerla.
Es que a veces está tan dentro, tan dentro que hay que sacarse el corazón. La puerta está cerrada. Abrir el corazón supone muchas veces desgarrarlo. Se necesita valor, duele llegar hasta su centro. Y allá en lo más recóndito, está la felicidad esperando que cada uno le permita entrar en su vida. Pero hay distintas clases de corazones y cada uno guarda en él la felicidad de forma muy diversa.

Hay corazones- cofre. Son avaros, siempre cerrados con llave y esa llave nunca se encuentra.

Hay corazones –jaula. Estos se empeñan en tener prisionera su felicidad. Ya pueden verla morir sofocada, pero no son capaces de abrirle la puerta y darle la libertad.

Hay también corazones-tortuga. No tanto por la lentitud, si no por la concha que los encierra y no pueden jamás abandonar.

Hay corazones-basurero. Allí la felicidad se encuentra oprimida bajo un montón de escombros inútiles y se requiere un gran esfuerzo para rescatarla.

Hay corazones –tambor. Aquellos que siempre hablan, gritan y hacen tanto ruido que nunca alcanzan a escuchar la vocecilla suave que habla dentro.

Podríamos seguir con más comparaciones para otros tipos de corazones ¿En cuál de ellos se reflejará el nuestro?

LA MONEDA DE LA ALEGRÍA

El Evangelio relata el caso de una mujer que perdió una moneda. No dice que haya ido a buscarla a las plazas, ni a las fiestas ni a los bailes. No se fue por los caminos o por las tiendas, cerró su puerta y, en silencio, barrió la casa, buscó por todos los rincones hasta que dio con ella.

Así la felicidad. Hay que buscar, buscar, buscar hasta encontrarla. Y después de haber dado con ella, entonces sí será preciso, como la mujer de la moneda, salir a comunicarla, ir a compartir con las amigas la alegría de haberla encontrado; hay que repartir felicidad a los demás.

Pero ¿qué sucede? Nosotros nos afanamos buscando una felicidad afuera, donde no está, cuando tendríamos que cerrar la puerta a las distracciones y hurgar en el propio corazón hasta encontrarla.

Otras veces las buscamos dentro, cuando tendríamos que romper el egoísmo y salir a compartir, a ayudar a otros, a hacer algo, a hacer algo por quienes nos rodean.

Después de encontrar la felicidad, nadie tiene derecho a guardarla para sí mismo. Sería imposible, porque al encerrarla se daña, necesita el aire de la participación.

El señor dice, refiriéndose a la vida, que “el que quiera guardarla para sí mismo la perderá”. Esta afirmación es muy válida y aplicable a la felicidad que es la “vida” de la vida.

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