La verdadera felicidad es para el “hoy”

Por María Belén Sánchez, fsp

 Queridos lectores.

 En estos últimos días del año, bien vale la pena considerar nuestro camino hacia la felicidad desde dos aspectos que pueden ayudarnos a verificar nuestro progreso o retroceso hacia un estado de vida de felicidad.

 LA MONEDA DE LA ALEGRÍA

monedas El Evangelio relata el caso de una mujer que perdió una moneda. No dice que haya ido a buscarla a las plazas, ni a las fiestas ni a los bailes. No se fue por los caminos o por las tiendas, cerró su puerta y, en silencio, barrió la casa, buscó por todos los rincones hasta que dio con ella.

Así la felicidad. Hay que buscar, buscar, buscar hasta encontrarla. Y después de haber dado con ella, entonces sí será preciso, como la mujer de la moneda, salir a comunicarla, ir a compartir con las amigas la alegría de haberla encontrado; hay que repartir felicidad a los demás.

Pero ¿qué sucede? Nosotros nos afanamos buscando una felicidad afuera, donde no está, cuando tendríamos que cerrar la puerta a las distracciones y hurgar en el propio corazón hasta encontrarla.

Otras veces las buscamos dentro, cuando tendríamos que romper el egoísmo y salir a compartir, a ayudar a otros, a hacer algo, a hacer algo por quienes nos rodean.

Después de encontrar la felicidad, nadie tiene derecho a guardarla para sí mismo. Sería imposible, porque al encerrarla se daña, necesita el aire de la participación.

El Señor dice, refiriéndose a la vida, que “el que quiera guardarla para sí mismo la perderá”. Esta afirmación es muy válida y aplicable a la felicidad que es la “vida” de la vida.

LA FELICIDAD DEL MAÑANA

   Cifrar la felicidad en el mañana puede semejarse a esos espejismos que vemos en las carreteras. Enormes charcos cierran el camino. Ante nosotros se presentan los pisos inundados y cuando llegamos allí, no hay nada.

03-cambio

Los espejismos se han ido, los vemos más adelante y si seguimos avanzando encontraremos la misma sequia ardiente y el mismo espejismo lejano tendido en el asfalto.

Quien dice: “Mañana seré feliz” está dejando escapar el presente y pone su mira en algo que nunca llegará. Por que cuando llegue el mañana, se volverá “hoy” y todo hoy tiene el mismo mañana con las mismas características de esperanza inalcanzable.

Una esperanza sin base ni fundamento, sin posibilidad de realización, es algo tan estéril que no merece el nombre de esperanza.

En realidad, el espejismo es una verdadera frustración, como lo es la felicidad que se cifra en el mañana.

La verdadera felicidad es para el “ya”, es para el “hoy”, sea cual sea nuestro presente.

Conviene no posponerla, no dejarla para después, no aplazarla para el mañana.

Cuando me mude de casa.

Cuando se me alivie mi pie.

Cuando pueda comprar un carro.

Cuando los niños salgan de la escuela.

Cuando mi marido deje la bebida.

Cuando los vecinos se vayan lejos.

Cuando cambien al padre de esta Iglesia.

Cuando termine de pagar los muebles.

Cuando deje de llover.

Cuando se muera mi suegra.

Cuando, cuando, cuando…

Sería interminable la lista de “cuados” que cada día le ponemos como obstáculo a la felicidad, pretextos para no abrirle las puertas, porque cuando se realicen las condiciones que hoy le ponemos habrá otros motivos para decirle que “mañana” nos decidiremos a ser felices.

 

 

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